CAPÍTULO XI (fragmento)
La caminata les había abierto el apetito: comieron abundantemente y, luego del almuerzo, hicieron un descanso de 40 minutos antes de comenzar el ascenso.
La ruta no presentaba mayor dificultad. Bastaba con usar adecuadamente piernas y brazos para subir. Cuando los turistas miraron hacia abajo para ver cuánto habían ascendido, ya estaban a punto de hacer cumbre.
La vista desde la cima era magnífica. El Valle de Punilla lucía al sol en todo su esplendor. Les describió el panorama que se ofrecía ante sus ojos. Recostada sobre las faldas de las Sierras Chicas podían ver Villa Carlos Paz, rodeando al dique San Roque; detrás de ese cordón, la ciudad de Córdoba. A lo largo del valle, con algunas nubes rondando, se insinuaban Bialet Massé, Cosquín y La Falda. Casi al pie del cerro, eran visibles los piletones del antiguo complejo uranífero, al igual que el camino serpenteante que conducía al lugar. Hacia atrás, podían ver el cordón central del macizo y los pequeños vallecitos y cañadas que corrían en sentido perpendicular al Cerro La Cruz.
Los turistas se dedicaron a sacar fotos. Él se sentó, mirando hacia el norte. Pasada media hora, les dijo que era momento de bajar. Eran las cinco de la tarde cuando completaron el descenso de la montaña. Luego de hacer un alto, prosiguieron su camino hasta el Valle del Nippur, en donde se levantaban los refugios del Club Andino de Villa Carlos Paz y del Club Andino Córdoba. A los turistas que acababan de trepar el Cerro La Cruz, el ascenso hacia las alturas del cordón central (el macizo donde, kilómetros adelante, reposaba el Mogote, la mayor elevación de Los Gigantes) les pareció más dificultoso que la montaña.

No hay comentarios:
Publicar un comentario